Jue, 07/15/2010

En plena adolescencia, mis hijas y algunos alumnos se acercaban para preguntarme qué deberían estudiar: si algo que realmente les gustara o más bien algo que les dejara dinero. Siempre les contesté que era un dilema falso y les sugería considerar que el dinero era secundario. Buscaba encaminarlos a que estudiaran lo que más les apasionara porque, además de dedicarse a algo con gusto, serían tan exitosos que el dinero vendría por añadidura.

Cuando la preocupación fundamental es el dinero, el espíritu mismo de la profesión se olvida. Es fácil guiarse por lo pecuniario, ignorar los principios y traicionar nuestra vocación.

Hay un claro paralelo entre esa disyuntiva y la que existe entre gobernar para el beneficio de los ciudadanos y gobernar para ganar elecciones. Habría que recordarle esto a nuestros gobernantes en los tres órdenes de gobierno.

Enriquecerse, enriquecer a amigos y tomar recursos para las campañas, los recursos de los ciudadanos, los recursos públicos; todo esto a costa de los gobernados, a costa de no resolver las carencias municipales, estatales o nacionales, o incluso dedicar un tiempo excesivo del gobernante para asegurar el enriquecimiento personal o para buscar victorias electorales, como parece ser la costumbre política en el país, ha demostrado que no es rentable políticamente. No ahora que los ciudadanos podemos elegir entre varios partidos y varios candidatos.

¿Qué buscamos los ciudadanos?, ¿Cuál es nuestro ideal de un gobernante?

Los ciudadanos en México, como en todos los países democráticos, elegimos a los candidatos o partidos que nos aseguren un buen gobierno, y esto lo sabemos por el desempeño del representante mismo en cargos anteriores; el partido al que pertenezca tendrá ese importante elemento a su favor en las siguientes elecciones.

El mandato de un gobernante es administrar con responsabilidad social los recursos, sin duda escasos, para hacer frente a las carencias y necesidades de sus gobernados. Se trata de establecer prioridades y garantizar que los recursos sean usados de la mejor forma. Los representantes populares son a quienes los ciudadanos les confiamos nuestro futuro.

No votamos solamente para que pierda un partido, sino con la esperanza de que la persona electa sea honesta y use los recursos y su tiempo para velar por los ciudadanos. Si el gobernante tiene intereses por encima de los de la ciudadanía, entonces no era el gobernante o el partido que requeríamos. Nos dejará desilusionados y frustrados. Le reclamaremos su falta de compromiso y honestidad y debería someterse al juicio ciudadano. De lo contrario, “que la nación me lo demande”, afirman los representantes cuando toman protesta y asumen el compromiso de gobernar.

A los representantes que velan por los ciudadanos de la mejor manera, los reconoceremos y serán parte del orgullo de nuestra historia. Los saludaremos en la calle, con gran gusto y con gran respeto.

Hoy por hoy, todos los ciudadanos tenemos más y mejor acceso a la información y, con ello, la posibilidad de ampliar nuestro criterio. Sabemos que podemos decidir quién nos gobernará y premiar con nuestro voto al buen gobierno o castigar con la derrota a los representantes que no están a la altura de nuestras expectativas.

Que las alianzas sirvan, puede ser; que los recursos ayuden, puede ser, pero no nos dejemos llevar por estas falsas pistas; el buen gobierno logra mucho más y el mal gobierno es castigado. Una de las grandes lecciones de este julio de 2010 es, precisamente, que la percepción de los electores cuenta.

¿Cómo asegurar entonces una victoria en las elecciones? Con buenos planes de gobierno, con planes sectoriales, con la asignación transparente y la medición de resultados. Vamos aprendiendo. No nos engañemos, el buen gobierno asegura la victoria electoral, no lo perdamos de vista. De otra forma, restando recursos a la calidad de vida de los gobernados, aun con trucos y triquiñuelas, las elecciones se pierden. Ya lo vimos. Se traiciona el gran encargo de gobernar. Se abandona el mandato y se pierden los principios. En todos los órdenes de gobierno, el único principio rector debe ser el buen gobierno.

Hoy tenemos, en buena parte, malos gobiernos, 47 millones de pobres en el país y un alto desempleo disfrazado de informalidad. Repartidos, pobres y desempleados, en todos los estados de la federación.

En las urnas, a pesar de la desinformación y de la falta de empoderamiento que existe, los ciudadanos haremos ganar a los buenos gobiernos; queda pendiente construir mejores mecanismos para que los ciudadanos puedan juzgar mejor a sus representantes: por diferencias políticas y la satanización del concepto de la “reelección” nos hemos privado de un mecanismo fundamental para generar una representación política más efectiva, y sin duda el gran mecanismo para evaluar y apreciar el esfuerzo de los gobiernos es la medición del desempeño de los gobiernos. Esta evaluación inicia por saber que los programas y su avance se publican periódicamente, comienza por transparencia. Ese paso es más que apreciado, ganará mucho respeto y muchos votos.

Director del Centro de Estudios Económicos del Sector Privado

(Fuente: El Universal, Opinion, http://www.eluniversal.com.mx/editoriales/49214.html?awesm=fbshare.me_AQLqr, 29/07/2010)